sábado 4 de abril de 2009

A Fairytale About Slavery























[...] Y cuando Clara despertó del largo sueño, y entendió que cada mirada, cada beso, cada abrazo
y cada palabra no eran reales, lloró.
Lloró con la fuerza de los ríos, de los lagos, de los mares, de los océanos y de las tormentas. Lloró tan fuerte
que sus gritos reverberaron en las montañas y los vidrios, oh, los vidrios se hacieron añicos y se esparcieron
astillados.
Lloró tanto, tanto que el tiempo mismo se apiadó de su dulce ser, brindándole unas horas de quietud en que las
agujas de todos los relojes dejaron de apuñalarla.
Lloró con lágrimas de niña, de adulta, de anciana, con lágrimas de mujer, con lágrimas de hombre.
Lloró con lágrimas de virgen y de prostituta, con lágrimas reina y con lágrimas de viuda, con lágrimas de fiel y
con lágrimas de adultera.
Y cada lágrima no era nada menos que de su propia alma herida. Sangraba por los ojos lágrimas de vida.
Todas estas lágrimas lloró Clara. Una por una, brotaron de sus ojos, quemaron sus mejillas y sonaron en el piso
con el estruendo de un espejo roto.

-¡Clara! ¡Hija! ¿Por que lloras?- Su madre entró en la habitación, lentamente, alertada por los gritos de
su hija.
Y ahí estaba ella, sentada en la cama, en pijama. Una mano sostenía la almohada de plumas mientras que en la
otra descansaba su cabeza abrumada.

-Alicia, nunca entenderías- susurró al oído de su madre, mientras se enterraba en los brazos de esta -...Era mi amor.- [...]