Tendido inerte sobre la cama, como si de un cuerpo sin vida se tratase, estaba el guante de seda.
Negro y brilloso como perlas azabaches, inmóvil, parecía perfecto.
Clara lo observaba, sentada desde el otro lado de la habitación. Su mirada estaba completamente fija en su textura lisa, y en los destellos que despedía su reluciente superficie cada vez que movía los ojos al menos un milímetro.
Lentamente lo recorría, pasando desde la punta de los dedos, hasta el largo frunce que llegaba casi hasta los codos.
Extasiada, comenzó a acercarse al borde la cama, cuidando de no producir ningún sonido que pudiese alterar aquella maravillosa sensación.
Despacio y con calma, se arrastraba a través del piso de madera, que al sentir el peso del cuerpo de Clara emitía suaves crujidos y desprendía un aroma típico de pino y lavanda.
Cada crujido era más largo e intenso que el anterior, aumentando sus ansias, haciendo que sus palmas se humedezcan y su boca se secara.
Con los ojos aún clavados en el guante, por fin, llegó hasta el borde de la cama.
Temblorosa, extendió los brazos, estirando la punta de los dedos con desesperada lentitud, acercándolos cada vez más a ese vacío negro que reposaba en su cama.
Su corazón parecía a punto de estallar de un momento a otro, y apretando los dientes con mucha fuerza, lanzó de lleno la mano hacia él.
Pero antes de que su piel pudiese sentir el roce de la tela, unos pasos apurados se oyeron de lejos. Un chirrido espantoso cruzó el ambiente y la puerta se abrió.
-¡Clara! ¡A comer!-
Luego los pasos se alejaron tan presurosos como habían llegado.
Y ahí estaba Clara, en el borde de la cama, observando con tristeza como el guante de seda no volvía a ser más que un simple y burdo guante.
domingo 22 de junio de 2008
El guante de seda
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